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En estas líneas, deseo reflexionar sobre un ensayo de C. S. Lewis (1898-1963), famoso escritor británico que nos dio la saga Las crónicas de Narnia. Al margen de su estatus en la cultura popular, Lewis fue un teólogo cristiano muy renombrado en el s. XX, aunque a mi entender su influencia se percibe más en el mundo anglosajón. Recientemente leí un artículo muy interesante, titulado "Aprendiendo en tiempos de guerra" (Learning in wartime), del cual encontré una excelente traducción en línea; lamentablemente no pude rastrear la referencia bibliográfica donde apareció publicado.

En su breve artículo (basado en un sermón dado en la Iglesia Universitaria de Santa María la Virgen en Oxford, 1939) Lewis argumenta sobre la importancia de la labor intelectual y artística durante el período de la Segunda Guerra Mundial. Su postura rechaza firmemente dar prioridad a la guerra dentro de la sociedad, pues esto se traduciría en una desvalorización de otras actividades humanas tales y como el intelecto y las artes. Lewis señala que, sin importar las condiciones históricas, el ser humano siempre ha buscado desarrollar dichas actividades al margen de las exigencias de la realidad material, y propone una interpretación espiritual de las mismas como una alternativa al materialismo de la guerra.

Las ideas de Lewis resonaron en mí, ya que mi relación con las matemáticas y el intelecto siempre han estado cargadas de idealismo, que dentro de mi filosofía personal ocupa un lugar análogo al espiritualismo de Lewis. Es por ello que en esta publicación reúno algunos pensamientos íntimos sobre mi vida como matemático, que tuvieron parte en mi decisión de renunciar a mi cargo de catedrático en la Universidad de El Salvador a inicios de 2025.

En este blog admiramos a personajes con buen flow, tales y como C. S. Lewis.

Por qué amo las matemáticas

Desde joven mi relación con el conocimiento y las matemáticas ha sido muy subjetiva y cargada de emociones y sentimientos. Siempre me pareció que había algo más allá que alcanzar metas y objetivos concretos (por ejemplo, una buena nota o un premio). Sin embargo, eran raros los momentos en que me detenía a pensar qué era ese "algo", mucho menos entenderlo. Era más bien una cualidad que creía reconocer en algunos matemáticos y figuras intelectuales a los que he dado mi respeto y admiración: mis héroes de juventud.

Los años han pasado, y mis inclinaciones recientes hacia la filosofía y el psicoanálisis me han permitido conocerme y expresarme mejor. Ahora comprendo que aquello que me atrae a los matemáticos que admiro y respeto es su idealismo. ¿A qué me refiero con "idealismo" en este contexto? En este momento, me refiero a la actitud hacia nuestro trabajo o profesión. En un tono más subjetivo, para mí esto se trata del amor a las matemáticas y al conocimiento.

En mi experiencia de más de 20 años estudiando matemáticas, me expuse a la competitividad del sistema académico y la carrera profesional del matemático. Con el paso de los años, ha sido inevitable reflexionar sobre mi identidad: ¿qué es lo que me hace matemático? A pesar de numerosos logros materiales, tales y como obtener títulos académicos y ganar una plaza de catedrático universitario, llegué a la conclusión de lo que me sigue acompañando no es lo material, sino los sentimientos de mi juventud.

¿Cómo describir en qué consiste el "amor por las matemáticas"? En principio, diversas experiencias íntimas con las matemáticas (por ejemplo, mi teoremas o libros favoritos) que varían persona a persona. Sin embargo, en algún momento me percaté que mi mayor alegría ha sido compartir estas experiencias con alguien, es decir se trata de experiencias sociales junto a otras personas que aprecian las matemáticas como yo.

Años después, aprendí que grandes matemáticos como Alexander Grothendieck abiertamente promovían las matemáticas como una actividad comunitaria. (Agradecimientos a mi ex estudiante y amigo Marcelo Santamaría por una magnífica referencia.) Sin embargo, siento que esta descripción está incompleta aún. No se trata simplemente del acto materialista de contribuir a una comunidad (ejemplo: participar en un congreso o publicar un artículo) sino del significado que le damos a dicho acto. Lo que estamos compartiendo es la matemática como una experiencia humana y no como un mero acto material.

En algún momento llegué a pensar que este tipo de sentimentalidad era incompatible con la labor de un profesional, especialmente con la de un académico. Posteriormente, fue un placer encontrar la teoría del psicoanalista Alfred Adler y comprender que sentimientos relacionados a la pertenencia a una comunidad (profesional o de cualquier tipo) son un ingrediente importante para la salud mental. Adler es radical en su planteamiento: preguntas grandes como la felicidad y satisfacción de vida se responden día a día, buscando constantemente el bien de los demás. El lector podrá notar que estamos ya en el territorio espiritual; no es de sorprenderse encontrar concordancias con posturas religiosas como la de Lewis.

Mi punto es el siguiente: el idealismo (o espiritualismo) ha guiado muchos de los más grandes científicos y artistas. Los grandes matemáticos como Grothendieck nos enseñan sobre la generosidad del amor a nuestra profesión. El amor sirve para trascender los límites humanos.

¿Es este un argumento suficiente para promover el idealismo como alternativa al materialismo? Pasemos al ensayo de Lewis.

Brutal el flow de don Grothendieck.

Las palabras de Lewis

En la sección anterior, partí de experiencias personales para culminar en el amor por las matemáticas (y el conocimiento en general). Lewis parte en sentido contrario: comienza con argumentos profundos a favor de la actividad artística e intelectual:

La cultura humana siempre ha tenido que existir a la sombra de algo infinitamente más importante que ella. Si los hombres hubieran pospuesto la búsqueda del conocimiento y de la belleza hasta estar a salvo, esa búsqueda no habría empezado nunca. Nos equivocamos al comparar la guerra con la "vida normal". La vida nunca ha sido normal.

Los hombres (…) postulan teoremas matemáticos en ciudades sitiadas, elaboran argumentos metafísicos en celdas de condenados a muerte, bromean en los patíbulos, hablan del último poema publicado mientras avanzan hacia las murallas de Quebec, y se peinan en las Termópilas. Y no es una cuestión de elegancia: es nuestra naturaleza.

Permítanme parafrasear a Lewis en nuestro contexto: en una ciudad bulliciosa, sucia, entre puestos del mercado, colgándose de las coasters... o bien desde los campos, en la vida tranquila de los pueblos, tambíen ahí hay tesoros valiosos por ser descubiertos. Incluso en nuestra realidad salvadoreña puede surgir talento con valor universal. No se trata de cuestionar si el potencial existe, sino cómo cultivarlo. Es aquí donde mi idealismo fracasó ante la filosofía materialista que parece predominar en algunas instituciones educativas.

En mi educación en Japón, Europa y México aprendí que un un profesor debe respetar la humanidad de sus estudiantes. Debe compartir su pasión y entrega por el conocimiento. Aportar con su experiencia propia para enriquecer la vida estudiantil. Tener modelos a seguir. Ser un modelo a seguir. Este es el idealismo que pude experimentar en mi día a día como académico y que traté de impulsar en la Universidad de El Salvador.

Ahora bien, al acercarse a algunos círculos intelectuales o educativos, resulta curioso encontrar un materialismo muy arraigado en personas inteligentes, que parecen bastante preocupadas por su propio bienestar material, entiéndase necesidades económicas e incluso emocionales. Aquí parece haber un punto muy delicado: ¿el intelectual y el artista merecen reconocimiento social de manera intrínseca? ¿Todos los profesores merecen respeto por serlo, porque es su "vocación", porque su profesión es "noble", incluso aquellos que son abiertamente mediocres? Aquí va la opinión de Lewis, con la cual concuerdo completamente.

Rechazo de plano esa idea que aún hoy perdura en la mente de algunas personas de que las actividades culturales son, por derecho propio, espirituales y meritorias: como si los eruditos y los poetas fueran intrínsecamente más agradables a Dios que los chatarreros y limpiabotas.

El trabajo de Beethoven y el trabajo de una limpiadora se convierten en espirituales si se da exactamente la misma condición: que se ofrezcan a Dios, que se lleven a cabo humildemente "como para el Señor".

Por supuesto, la espiritualidad de las personas debe ser respetada; esta no es una arenga religiosa dirigida a científicos y artistas. Simplemente reitero que existe una dimensión espiritual en el intelecto y las artes, incluso en las matemáticas. Las grandes preguntas como hallar una satisfacción en el trabajo propio, hacer un impacto en la sociedad, contribuir al acervo cultural humano, no pueden ser respondidas únicamente enfocándose en necesidades y procesos materiales. Existe algo más allá de nosotros mismos que nos impulsa a pensar y crear: la satisfacción de ese impulso trascendente es una de las experiencias humanas más hermosas.

La vida intelectual no es el único camino hacia Dios ni el más seguro, pero si lo consideramos un camino, y puede que sea el camino que se nos señala a nosotros. Por supuesto, solo lo será siempre y cuando el impulso siga siendo puro y desinteresado. Eso es lo más difícil.

Desde su perspectiva cristiana, Lewis nos advierte claramente qué le ocurre a aquel que se apega demasiado a sus conocimientos y a su labor de académico:

Como dice el autor de la Theologia Germanica [Martín Lutero], podemos llegar a amar el conocimiento —nuestro conocimiento— más que la cosa conocida: deleitarnos no con el ejercicio de nuestros talentos, sino con el hecho de que sean nuestros, e incluso con la reputación que nos aportan. En la vida del académico cualquier éxito aumenta este peligro. Si se hace irresistible, debe dejar su trabajo académico. Ha llegado el momento de arrancarse el ojo derecho. [Apreciemos la cita de Mateo 5: 29-30.]

En las citas anteriores Lewis nos muestra que el espiritualismo (o idealismo) es una postura humanamente sensible, al mismo tiempo que nos advierte de los excesos del materialismo. Concluimos reflexionando sobre la dificultad del intelecto. Perseguir el conocimiento es difícil, y ciertamente exige mucho sacrificio. En las últimas citas, Lewis nos muestra cómo el espiritualismo puede guiarnos en este camino: es la inspiración, la pasión, la fe que nos anima a seguir.

Los únicos que llegan alto son quienes desean tanto el conocimiento que lo persiguen también cuando las circunstancias aún no son favorables. Las circunstancias favorables no llegan nunca.

Regresando de nuevo a las matemáticas, invito al lector a comparar con la siguiente frase de Maryam Mirzakhani (1977-2017), la primera mujer medallista Fields ¡y ciertamente un modelo a seguir y admirar!

La belleza de las matemáticas sólo se revela a los seguidores más pacientes.

En otras palabras, Mirzakhani y otros grandes matemáticos ciertamente necesitaron de una gran pasión para sostener años de trabajo y esfuerzo dedicados a su obra matemática. Apoyándome en Lewis, he tratado de convencer al lector que los estados mentales de una persona que realiza un trabajo intelectual tan arduo se asemejan acaso a algunas experiencias espirituales o religiosas.

Concluyo con un bonito párrafo en el cual Lewis nos da consejos para el trabajo intelectual. ¡Qué gran hombre! Comparemos nuevamente con la psicología de Adler; también damos un pequeño guiño a los estoicos.

Un buen trabajo lo lleva a cabo mejor el hombre que se toma un poco a la ligera sus planes a largo plazo y trabaja minuto a minuto "como para el Señor" (…) El presente es el único momento en que se puede cumplir cualquier deber o recibir cualquier gracia.

Concluyo con mi interpretación de esta última frase: la dimensión subjetiva del intelecto se construye en el día a día, es decir en el compartir experiencias con otros, tal y como expuse en la sección anterior. Esta subjetividad es completamente nuestra, y no depende de la pertenencia a una institución. Si bien haber sido catedrático universitario significó mucho para mí, he decidido alejarme del materialismo del sistema académico actual, y seguir mi propio camino para revitalizar y profundizar mi amor por las matemáticas.

Maryam Mirzakhani, eres icónica.

Referencias

C. S. Lewis, "Aprendiendo en tiempos de guerra", PDF.

DÉCOUVRIR ET TRANSMETTRE : LA DIMENSION COLLECTIVE DES MATHÉMATIQUES DANS RÉCOLTES ET SEMAILLES D’ALEXANDRE GROTHENDIECK